Ahora todos somos indígenas.

Nosotros, los blancos, estamos tan desamparados en este momento como los Yanomami.

Río Mucajaí, terra indígena Yanomami, em Roraima. Leão Serva / Folhapress

El día 9 de abril, el CoVid-19 cobró su primera víctima entre los Yanomami. Se trata de un adolescente de 15 años, originario de una comunidad en la cuenca del río Uraricoera (estado de Roraima, Brasil), la cual ha sido masivamente invadida por garimpeiros. Con los síntomas respiratorios característicos del CoVid-19, el joven, desnutrido y anémico por crisis sucesivas de paludismo, fue, durante 21 días de sufrimiento, referido en vano de una institución sanitaria a otra, sin que se le hiciera en ningún momento un examen diagnóstico para el CoVid-19.

La prueba solo le fue practicada el día 3 de abril, después de una nueva hospitalización, cuando el joven ya estaba en un estado crítico y fue necesario recluirlo en la unidad de cuidados intensivos. Falleció el 9 de abril, víctima de la negligencia de los servicios de salud locales, convirtiéndose, posiblemente, en un super transmisor de la enfermedad, ya que pasó tres semanas circulando entre miembros de su comunidad, amigos y diversos agentes de salud. Así, es inminente para los Yanomami un nuevo desastre sanitario.

Este pueblo ya ha sufrido varias epidemias letales producto de enfermedades causadas por virus, cada vez que los blancos han entrado en sus tierras: con la Comisión de Límites, en los años 1940, con el Servicio de Protección para los Indígenas, en los años 1950, con los misioneros evangélicos, en los años 1960, y, en los años 70, con la apertura de la carretera Perimetral Norte. A partir de los años 1980, y regularmente desde entonces, su territorio viene siendo invadido por hordas de garimpeiros -hoy día son cerca de 25 mil-, que, muy probablemente, son responsables de este primer caso letal de Covid-19, además, de propagar gripes, paludismo, tuberculosis y enfermedades de transmisión sexual.

El caso del joven Yanomami constituye, por lo tanto, un símbolo trágico de la extrema vulnerabilidad en la que se encuentran hoy día los pueblos indígenas, frente a la alta virulencia de esta nueva enfermedad. Ya masivamente contaminados por los blancos que arrancan de sus tierras minerales, madera o animales silvestres, sin acceso a una asistencia sanitaria digna de llamarse así, los Yanomami están nuevamente abandonados a su propia suerte y condenados a verse diezmados ante una indiferencia casi total.

Sin embargo, frente a esta pandemia, algo súbitamente cambió. Nosotros, los blancos, estamos tan desamparados frente al CoVid-19 como los Yanomami frente a epidemias letales y enigmáticas (“xawara a wai”) que nuestro mundo les infringe desde hace décadas. Poco sabemos de esta dolencia, no tenemos inmunidad, medicinas o vacunas para enfrentarla. Sólo queda confinarnos con nuestra familia, en la esperanza de salir ilesos, con la misma ansiedad e impotencia que sentían los Yanomami cuando se aislaban en pequeños grupos en la selva, para intentar escapar de Xawarari, el espíritu caníbal de la epidemia.

Esa catástrofe sanitaria, ahora común, causada por la aparición de un nuevo virus, que se vio favorecida por la deforestación y la comercialización de animales silvestres, debe llevarnos, más que nunca, a repensar el camino de nuestro mundo.

Al destruir ciegamente los bosques tropicales, su biodiversidad y los pueblos indígenas que los habitan con sabiduría, la «gente de productos» (como nos llamó Davi Kopenawa), acaba siendo víctima de las consecuencias de su depredación desenfrenada, tornándose así, en la víctima final de su propia desmesura. Ése es el mensaje que los chamanes Yanomami intentan transmitirnos desde hace décadas.

De hecho, cada día se vuelve más claro que el destino trágico que reservamos a los Yanomami -y a todos los pueblos indígenas-, ha sido apenas una prefiguración de lo que nos estamos haciendo hoy, esta vez a escala planetaria.

Como Lévi-Strauss lo anunció, proféticamente, mientras denunciaba «el régimen de envenenamiento interno» en el cual nos estamos ahogando: «(…) de ahora en adelante todos somos indígenas, estamos haciendo con nosotros lo que hemos hecho de ellos»

Bruce Albert, antropólogo, trabaja junto a los Yanomami desde 1975.

Artículo traducido, con permiso del autor, del original “Agora todos somos índios”, publicado en portugués.

Traducción libre por Napoleón Malpica y Tina Oliveira.

Garimpo Brabinho da Iolanda no río Uraricoera, terra indígena Yanomami, en Roraima.
Leão Serva / Folhapress
Yano de indígenas isolados na reserva Yanomami. Guilherme Gnipper Trevisan / Hutukara
Yano de indígenas Yanomami isolados na Amazônia brasilera. Guilherme Gnipper Trevisan / Hutukara.

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