Día Internacional de la Madre Tierra.

Desde el año 2009, la Organización de Naciones Unidas (ONU) estableció el 22 de abril como fecha oficial para celebrar el Día Internacional de la Madre Tierra. No es un día solo para celebrar, sino para recordar el compromiso que tienen todos los habitantes del planeta como agentes activos para evitar la destrucción de la biodiversidad y la contaminación de las aguas, la tierra, el aire, el suelo; todo lo que se encuentra en la superficie y en el subsuelo. Además, es un recordatorio de la obligación para cumplir con los protocolos y convenios que han suscrito los Estados y, de esa manera, contribuir con el mantenimiento de los procesos ecológicos en la Tierra, lo que a su vez permite la evolución y sobrevivencia de las especies, incluida la especie humana.

Uno de los retos que enfrenta la humanidad, hoy en día, es el cambio climático. Esto supone un gran desafío para los países, a nivel mundial, ya que deben evaluar sus prácticas y procesos productivos con el fin de reducir la emisión de gases que incrementan el efecto invernadero. Uno de los primeros acuerdos firmados en el contexto de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (CMNUCC) fue el Protocolo de Kioto (1997), el cual entró en vigor en 2005. El compromiso adquirido por los países fue una reducción a nivel global del 5 % de las emisiones de los gases invernadero: (dióxido de carbono (CO2), el metano (CH4), el óxido nitroso (N2O), y los otros tres son tipos de gases industriales fluorados: los hidrofluorocarbonos (HFC), los perfluorocarbonos (PFC) y el hexafluoruro de azufre (SF6), en un período de 15 años.

A partir de enero de 2021 entra en vigor el Acuerdo de París, firmado durante la COP21, en 2015, también en el marco de la CMNUCC. Para este acuerdo, se revisaron los logros de la humanidad en materia de Cambio Climático y se establecieron nuevas metas, de cara a la magnitud de lo que representa el cambio climático en términos de costos en vidas humanas y deterioro de la vida en la Tierra. Los objetivos de este acuerdo son:

•Mantener el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo de 2 °C con respecto a los niveles preindustriales, y proseguir los esfuerzos para limitar ese aumento de la temperatura a 1,5 °C con respecto a los niveles preindustriales, reconociendo que ello reduciría considerablemente los riesgos y los efectos del cambio climático;
•Aumentar la capacidad de adaptación a los efectos adversos del cambio climático y promover la resiliencia al clima y un desarrollo con bajas emisiones de gases de efecto invernadero, de un modo que no comprometa la producción de alimentos;
•Elevar las corrientes financieras a un nivel compatible con una trayectoria que conduzca a un desarrollo resiliente al clima y con bajas emisiones de gases de efecto invernadero.

Una de las principales amenazas para el logro de los objetivos del Acuerdo de París es la retirada de Estados Unidos, India y China como países signatarios, los cuales son responsables de la mayor proporción de emisiones de este tipo de gases a la atmósfera, por el tipo de procesos industriales que emplean, donde los controles ambientales no se implementan o no se cumplen.

Los gobiernos están en la obligación de promover, fomentar y facilitar la adopción de tecnologías limpias o cónsonas con el ambiente a nivel de las empresas (grandes y pequeñas), favorecer el desarrollo científico y tecnológico alineado con la reducción al mínimo de las emisiones de gases de efecto invernadero, controlar las actividades que no cuentan con controles ambientales y que se convierten en grandes emisoras de estos gases, así como de concienciar a la población con programas de educación ambiental que permitan, a corto plazo, la disminución de la contaminación y la liberación de dióxido de carbono (CO²) y otros gases de efecto invernadero a la atmósfera, mediante la adopción de prácticas y estilos de vida que sean más amigables con el ambiente.

Venezuela, la Amazonía venezolana y el cambio climático

Venezuela arrastra algunas deudas por parte del Estado en la generación y entrega de los reportes sobre el control de emisiones y la adopción de los mecanismos de mitigación y adaptación al cambio climático, por lo que es deseable que se ponga al día a la mayor brevedad.

Específicamente en la Amazonía venezolana, -integrada, desde una perspectiva biogeográfica, por los estados Amazonas, Bolívar y Delta Amacuro-, la explotación minera, en especial de oro, es una de las principales fuentes de deterioro para el ambiental y la salud humana. La minería aurífera que se lleva a cabo en esta región emplea mercurio, sustancia cuyo comercio está sujeto a leyes y convenios internacionales de los cuales Venezuela es signataria (Convenio de Minamata). Actualmente, su uso en espacios naturales se encuentra prohibido y su comercio depende del Estado. A pesar de este contexto legal, el mercurio es un elemento de uso cotidiano para los mineros, tanto legales como ilegales, en nuestro país.

La extracción de oro en nuestra amazonia se lleva a cabo directamente en los ríos, con balsas, lo que implica la alteración total de los ecosistemas acuáticos, con la reducción en las poblaciones de especies acuáticas (peces y mamíferos, entre otros), la alteración de la dinámica de los sedimentos, la afectación de las propiedades físicas y químicas del agua, la contaminación con metales pesados (oro, plomo) y con combustibles (gasolina, gasoil, aceites) y la definitiva reducción de la calidad del agua para consumo humano y actividades conexas. Por otra parte, la minería también tiene lugar en las riveras y adyacencias de quebradas, riachuelos y ríos, de forma que, a los efectos negativos antes mencionados, se añaden la degradación de ecosistemas terrestres por tala y quema, remoción de sedimentos, contaminación y erosión del suelo, el aumento de emisiones de gases invernadero, emisión de gases contaminantes, además de la aparición de lagunas altamente contaminadas por mercurio que se transforman en focos de cría para zancudos vectores de enfermedades como la malaria, el zika, el dengue, entre otras.

Datos de la plataforma Global Forest Watch reflejan que, en Venezuela, entre el año 2001 y el 2018, se han deforestado 19 mil 453 kilómetros cuadrados (km²). En la Amazonía venezolana, para ese período, la pérdida forestal fue de 5 mil 447 km², es decir, 28 % del total nacional. Esto en el principal reservorio de bosques del país, con un papel fundamental en el mantenimiento del clima nacional y regional. Para que tengamos una idea de lo que representa esta magnitud, la misma equivale al territorio de Trinidad y Tobago. La deforestación en esta región del país se ha acelerado proporcionalmente con el aumento de la minería y está asociada, también, con el incremento en la incidencia de enfermedades transmitidas por vectores.

Paralelamente, en este mismo período de tiempo, la emisión de dióxido de carbono (CO2) en la Amazonía venezolana, según datos del Global Forest Watch, ha sido de 224 millones de toneladas (MT), lo que equivalente al total de emisiones de CO2 producido, en 2015, por Venezuela y Ecuador juntos según los reportes oficiales. Es decir, se ha acelerado el proceso de degradación de nuestros ecosistemas amazónico-guayaneses.

Los ciudadanos pueden hacer algo por la madre tierra

Las grandes industrias y empresas no son las únicas causantes del cambio climático, a pesar de tener la mayor responsabilidad. Los ciudadanos también contribuyen con este proceso mediante su estilo de vida. Sin embargo, el cambio de algunas conductas incidirá positivamente en la reducción del problema.

Podemos contribuir de múltiples maneras. Por un lado, exigiendo que los gobiernos nacional, regionales y locales adopten medidas y prácticas cónsonas con un ambiente sano, las cuales incluyen una adecuada disposición de los desechos sólidos, el control de las emisiones y de las aguas servidas o residuales. Por otra parte, podemos poner en práctica principios de economía circular, donde los desechos se ven reducidos al máximo. Así mismo, es factible implementar creativamente lo que se conoce como las tres “R”: reducir lo que consumimos, reusar lo que ya tenemos y reciclar los desechos que generamos. Otras medidas son: reducir el consumo de electricidad (apagar luces que no se usan, emplear bombillos ahorradores cónsonos con el ambiente, controlar la temperatura de los aires acondicionados, regular el uso de agua caliente, entre muchas otras acciones), favorecer el uso de medios de transporte colectivo o que no empleen combustibles fósiles (bicicletas), caminar más, preferir alimentos locales sobre aquellos que vienen de grandes distancias.

Una estrategia que favorece la reducción de los gases invernadero no sólo porque se limita su producción, sino porque se eliminan de la atmósfera es la implementación de techos verdes, huertos urbanos y domésticos, la recuperación de espacios públicos verdes donde además se haga uso de los desechos orgánicos para abonar, huertas y jardines escolares, creación de paredes verdes, etc. Son todas actividades que pueden involucrar a la comunidad como colectivo, así como a los adultos mayores, a los niños y jóvenes.

Los pueblos indígenas y sus prácticas ancestrales y tradicionales en favor de la madre tierra

La actitud y la forma de relacionarse de los diferentes grupos humanos con el planeta varía alrededor de todo el planeta. De esta forma, encontramos que los pueblos indígenas que mantienen sus prácticas tradicionales tienen mucho que enseñarnos sobre su uso, respeto y conservación. Diferentes culturas han sobrevivido milenios en entornos naturales, cuando la producción de alimentos y medicinas se mantiene apegada a las tradiciones.

En Venezuela están presentes más de cincuenta pueblos que tienen un acervo de conocimientos tradicional que puede ser una de las claves para prevenir y mitigar el cambio climático y el deterioro de la biodiversidad, en especial si se emplea con una mirada que busque no seguir intensificando los procesos de ruptura con el entorno natural.

Los beneficios que aporta la madre tierra a todas las especies, donde el género humano es una más, son innumerables y no cuantificables desde el punto de vista monetario, debido a lo complejo de las relaciones existentes entre cada uno de sus componentes, como lo resalta el reporte del IPBES (Plataforma Intergubernamental Científico-Normativa sobre Diversidad Biológica y Servicios de los Ecosistemas) para las Naciones Unidas. La producción de agua, aire y suelos limpios depende de ella, pero mantenerlos en esa condición depende de nosotros, la humanidad, por ser la especie que mayores transformaciones es capaz de generar una gran escala.

La coyuntura del COVID-19 es un llamado a la reflexión de todos, más que oportuna en este Día Mundial de la Tierra.

Fotografía Wataniba
Fotografía Wataniba
Fotografía Wataniba

Fuentes:
onu.org.ve
unenvironment.org
foronuclear.org
observatoriop10.cepal.org/es/tratados/convenio-minamata-mercurio
globalforestwatch.org
fires.globalforestwatch.org
aporrea.org/regionales/n328879.html
ipbes.net

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Instagram:  @wataniba
Twitter:  @Wataniba_ve

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